martes, 14 de octubre de 2014

LA COLUMNA DE JOVIHA EN EOS:LAS ARMAS DE LA SEMANA SANTA,MUJERES EN LOS “EJÉRCITOS” SEMANASANTEROS

José Vilaseca Haro es un escritor, hijo del que fuera Secretario General de nuestra Junta Mayor, Pepe Vilaseca Pizá.-JOVIPI.Cuyo galardón en su recuerdo otorgamos cada tres años a personas o entidades que difundan nuestra Semana Santa Marinera.
La obra creativa de JOVIHA comenzó en 1998.A lo largo de los años, ha participado en diversos certámenes literarios locales, hasta que, decantado definitivamente por la novela, en 2007 presentó su obra Llamadme Monstruo al Premio Planeta. Probó suerte de nuevo con la obra Padre Muerte, en la edición de 2008 , que finalmente publicaría en 2009, y en la última edición de dicho certamen participó con Los últimos días.En 2011, quedó finalista del VII Certamen de Novela Histórica "Ciudad de Valeria", con su novela Gladius Hispaniensis. En 2012 se alzó con el VIII Certamen de Novela Histórica "Ciudad de Valeria" con su novela Sidi: Mi señor, ambientada al final de la Primera Cruzada.
El pasado año 2013 fue el encargado de realizar el “introito” en el Sopar de la Creu Marinera, y ahora va a compartir con los lectores de este blog una serie de artículos sobre LAS ARMAS de nuestra Semana Santa. Aquí tenéis otro nuevo.

FOTOS  ARCHIVO 

LAS ARMAS DE LA SEMANA SANTA VII: MUJERES EN LOS “EJÉRCITOS” SEMANASANTEROS

Por José Vilaseca Haro

Escritor

De vuelta en este nuestro pequeño rincón “bélico” dentro de las muchas anécdotas de la Semana Santa Marinera, que compartimos tanto en el blog de EOS como en sus cenas. En esta ocasión, aprovechando una noticia que, sin ser del todo nueva, sí ha provocado cierta controversia dentro de nuestra Fiesta, y que hoy quisiera afrontar desde un punto de vista respetuoso e histórico: la presencia de las mujeres en las antiguamente conocidas como “corporaciones armadas”.

 (imagen de una recreación en Cacabelos, León)
Cuando existe disparidad de opiniones, el principal problema de posicionarse por una de ellas es molestar a los que defienden la postura contraria, por lo que voy a tratar de protegerme tras dos parapetos fiable: El respeto por la libre expresión y el respeto por la fidelidad histórica de una representación o recreación que, al fin y al cabo, es lo que tratamos de defender en esta pequeña sección. Así, en los seis artículos anteriores, nadie se ha rasgado las vestiduras (al menos, públicamente), cuando he hecho alguna puntualización sobre las armas o el equipamiento que portaban granaderos, sayones, guardia bizantina o los distintos tipos de legionarios romanos, así que espero que nadie pida mi lapidación pública esta vez por ofreceros una perspectiva histórica de la presencia femenina en los ejércitos de la Antigüedad.

En Occidente, y desde que la sociedad se divide en cazadores (varones) y recolectores (generalmente, mujeres), el oficio de las armas está reservado para los primeros. Contadísimos casos de mujeres que desafiaron esta supremacía aparecen en los libros de Historia, y siempre desde el papel de “líder” (nunca en una situación de iguales con la tropa): Boudica, reina de los iceos, una feroz guerrera de la antigua Britania que se enfrentó al poder de Roma después de que sus dos hijas fueran violadas y ella azotada por los servidores de Nerón, y que suele representarse montada en un carro (a la manera en que combatían muchos guerreros de las islas británicas)
 También Zenobia de Palmira, arquera y amazona, que conquistó parte de Egipto, Siria, Líbano y Palestina durante el siglo III d.C, enfrentándose a Aureliano, emperador de Roma (dicho enfrentamiento provocó la destrucción parcial de la Biblioteca de Alejandría)
 Finalmente, citaremos a Artemisia de Caria, que apoyó la causa de Jerjes de Persia durante las batallas navales de Artemisio y Salamina (y que fue tremendamente maltratada en su versión cinematográfica en 300: El origen de un imperio, transformándola en una ninfómana con tendencias sádicas, muy alejada de la realidad). El historiador Herodoto la señala como la única mujer entre los generales del Dios – Rey Jerjes, haciendo hincapié en el respeto que le tenía dada su habilidad militar.

Quizá el único ejemplo que tenemos de “mujer-soldado” en la Antigüedad nos traslada a Oriente, exactamente a Japón, donde incluso las mujeres campesinas entrenaban regularmente con el arco y la naginata (una suerte de alarbada), para poder enfrentarse a bandidos y forajidos durante las largas ausencias de sus maridos.
 Así, las mujeres guerreras japonesas (onna-bugeisha), tuvieron presencia en el campo de batalla, llegando a ser lideradas por la emperatriz Jingu durante la invasión japonesa en Corea del siglo II d.C.

Seguramente, la imagen de mujer guerrera clásico esté representado por las legendarias amazonas. Si bien es cierto que distintos hallazgos han apuntado a la posibilidad de que diversos pueblos de la Antigüedad pudieran contar con mujeres en sus filas (sármatas y escitias, principalmente, que manejaban con soltura el arco y eran grandes jinetes), siguen entrando en el terreno de la fábula y no de la Historia.

Quizá los últimos hallazgos en Inglaterra nos permitan concluir que, en las invasiones vikingas, un gran número de guerreros norteños eran, en realidad, mujeres (lo que daría cierta verosimilitud a recreaciones cinematográficas, como la serie Vikingos o las terribles mujeres pictas de Centurión).

 Incluso en las contiendas modernas, la presencia femenina ha estado limitada a labores de intendencia o enfermería: En Estados Unidos, durante la Guerra de Secesión, sólo seiscientas mujeres estuvieron en el frente (cuando las cifras aproximadas hablan de tres millones y medio de soldados), mientras que conocida y admirada en Inglaterra es la historia de Dorothy Lawrence, la única mujer soldado británica durante la Primera Guerra Mundial.

En resumen, y centrándonos en “nuestros” ejércitos, hemos de recordar que en la Antigua Roma estaba prohibido que una mujer tomara las armas como soldado, y que incluso durante en algunos periodos no estaba permitido que un legionario se casara durante su servicio a Roma, procurando evitar la presencia de mujeres en los campamentos militares. Tampoco estaba permitido, oficialmente, que una mujer formara parte de la Santa Cruzada, a pesar de que hay pruebas que apuntan a que amantes y meretrices se hicieron pasar por soldados para acompañar de tienda en tienda a los cruzados y procurarles servicios que nada tenían que ver con las armas. Misma labor ejercieron en los ejércitos napoleónicos (a pesar de los estragos que provocaron sífilis y gonorrea en las filas de la Grande Armée), recibiendo incluso la autorización del propio Napoleón para el ejercicio de su actividad en 1810.
(La imagen de la niña vestida de granadera pertenece a la Semana Santa de Cartagena)

Mi conclusión: ¿Es necesaria la presencia de la mujer en la Semana Santa Marinera? Por supuesto. A estas alturas, nadie lo duda, y la Historia de nuestra Fiesta se escribe en letras doradas con nombre de mujer. ¿Es correcta la representación de legionarias, granaderas, guardias bizantinas y sayonas? No, en absoluto. En realidad, para una Semana Santa que no solo respeta su propia tradición, sino también la Historia, una mujer ataviada con una lóriga romana, con su casco, su escudo y su espada, es tan fiel a la realidad como una Dolorosa con barba y nuez de Adán.

Gracias por vuestra atención.

No hay comentarios:

Publicar un comentario