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NO
PASEMOS DE LOS PASOS
Sacerdote-periodista
Querido cofrade:
Son pocos los que se resisten al triunfo y a la gloria. Los ídolos de las multitudes son estrellas fugaces y disfrutan de una gloria pasajera. Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa.
En vez
de entrar como un triunfador, se presenta como una persona humilde,
dispuesta a afrontar los fracasos de la vida. Escucharemos una vez
más la lectura de la pasión. No asistiremos, sin embargo, como si
se tratase de un espectáculo, ajeno a nuestras vidas, sino que nos
sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en
los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús.

El
himno de la Carta a los Filipenses nos permite situarnos en el
corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un
misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas
dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La
dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va
descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el
fondo.
Jesús,
como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso
vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como
Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un
hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de
tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más
bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que
Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen
derechos.

El
hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús
aceptó obediente la muerte, porque veía en ella la
manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. Jesús
aceptó además una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como
la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó
con nuestros pecados.
Es
entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la
resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios
el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era
el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos.
Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia,
su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la
divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el
Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la
humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad. Ahora Jesús
es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra.
El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que
no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y
abandonado.
Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo
llevará al triunfo. Celebremos también nosotros el triunfo de Jesús
sobre las fuerzas de la muerte y del odio.
Feliz
Semana Santa, y no pasemos de los pàsos.
Cordialmente,




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