

DIOS
QUISO COMPARTIR NUESTRA HISTORIA
Sacerdote-periodista
Querido cofrade:
Aunque
la tradición popular ha hecho del mes de mayo el mes de María, litúrgicamente
el tiempo mariano por excelencia es el Adviento y Navidad. Nadie como María
vivió la espera de la venida del Salvador. En ella se inspira la Iglesia cuando quiere
preparar a sus hijos para que acojan a Jesús. Hay que preparar los caminos del
Señor. En realidad es Dios el que se fue preparando su camino de encuentro con
el hombre. Cuando el hombre cometió el pecado y volvió la espalda a Dios, éste
no tiró la toalla ni abandonó al hombre a su destino sino que le prometió un
salvador, nacido de mujer, que reconstruiría la historia humana. A lo largo de
la historia de la salvación, Dios va educando al hombre para que sea capaz de
abrirse al proyecto de Dios.
Cuando
llegó el momento culminante, Dios dialoga con la mujer que se había escogido
como madre y encuentra una actitud de acogida, de disponibilidad, de deseo de
hacer la voluntad de Dios. El deseo de ser como Dios, motor en buena parte de
la ambición desmedida de la cultura moderna, contiene, sin embargo, una parte
de verdad. Dios no se ha guardado celosamente para sí sus privilegios, sino que
quiere compartirlos con nosotros. Eso sí, como puro don, no como algo que le
tenemos que arrebatar. En la persona de María Inmaculada vemos realizado ya el
proyecto de Dios sobre toda la humanidad. Dios quiere introducir al hombre en
su propia intimidad divina.
La
fiesta de la Inmaculada
nos recuerda ante todo que María fue redimida del pecado en virtud de la
redención de Cristo. En ella el triunfo de la gracia fue tal que se vio
preservada incluso del llamado pecado original que introdujeron Adán y Eva en la
historia de la humanidad. Venimos a un mundo de pecadores, en el que el pecado
está por doquier y ejerce una gran fascinación sobre todos nosotros, que de
hecho cometemos muchos pecados. La figura de la Inmaculada, de una
mujer que, desde el principio de su existencia, estuvo orientada hacia Dios,
nos da a todos la certeza de que el hombre puede, también hoy, abrirse al
misterio de Dios que nos envuelve.
Lógicamente
no fue ningún mérito de María el vivir rodeada de la gracia y el amor de Dios.
Fue eso, gracia. De tal manera Dios se le comunicó, que tomó carne en sus
propias entrañas. Ese es el gran misterio de la santidad de María. Sobre ella
viene el Espíritu Santo, que es el lazo de amor del Padre y el Hijo. En María
se anticipa el Pentecostés que funda la Iglesia santa, aunque esté compuesta de
pecadores. María estuvo llena de Dios desde el primer instante de su vida, no
porque ella fuera capaz de hacer nada de especial, sino simplemente porque el
Señor la había elegido para ser la
Madre de su Hijo.
Dios
ha triunfado totalmente del mal en la persona de María, nuestra hermana mayor,
una de nuestra raza. Eso nos da la esperanza de que Dios triunfará sobre el
mal, también en nosotros. Ese triunfo se muestra también en la reconciliación
de los pueblos, judíos y griegos, que han sido acogidos por Cristo (Roma
15,4-9), que se ha hecho servidor de unos y otros. También María se declara la
esclava del Señor.
Al
final no contará nuestro pecado sino el amor infinito que Dios nos tiene y nos
ha manifestado en Cristo Jesús. Al final, también cada uno de nosotros sabrá
acoger ese amor. Con esa esperanza no nos desanimamos ante el espectáculo de
nuestro mundo y la sensación que tenemos de que nuestro esfuerzo evangelizador
es estéril. La
Virgen Inmaculada vencerá también la indiferencia religiosa
en la que parece estar sumergido nuestro mundo.
Cordialmente.



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