VIVE TUS PROMESAS
BAUTISMALES
Sacerdote-periodista
Querido cofrade:
El año de la fe convocado
por Benedicto XVI, y que estamos viviendo es una invitación a volver a nuestras
raíces, a profundizar nuestro bautismo.
La fe y el bautismo nos
permiten encontrarnos personalmente con Cristo. No hay otro camino. La fe y el
bautismo se hallan íntimamente compenetrados. Todo lo demás tendrá su sentido
si ahondamos en la fe y en las exigencias de nuestro ser bautizados.
El bautismo que recibían
los adultos era una respuesta creyente a la predicación. Y en esta respuesta
expresaban su fe en forma de respuestas a preguntas de la Iglesia. El bautismo,
como iluminación, nos da el don de la fe, que es siempre regalo de la Trinidad
que quiere comunicarse con nosotros. La fe es respuesta creyente del bautizado
a ese don divino.
Fe y bautismo forman un
todo. En la fe recibimos al Cristo presente y actuante en el Sacramento
mediante su fuerza salvífica. Cristo recibe al creyente en la Iglesia, por
medio de este sacramento de la fe.
El bautismo es una
iluminación externa por la predicación y enseñanza de la Iglesia pero, sobre
todo, es una iluminación interna que comunica y refuerza el núcleo de la fe, el
gozo de la fe para que podamos vivirla.
La fe se supone antes,
durante y después del bautismo.
El bautismo es un
sacramento, un gesto profético, que expresa una realidad de gracia divina. Hoy
día desgraciadamente el signo bautismal ha quedado reducido a echar un poco de
agua sobre la cabeza del niño y no se ve claramente lo que queremos expresar.
El bautismo de Jesús en el
Jordán o el de los adultos en la Iglesia primitiva en una especie de piscina
manifestaban claramente su contenido.
El sumergirse en el agua
significaba el morir con Cristo, el salir del agua, el resucitar. Jesús en su
bautismo anticipó su misterio pascual y por eso es proclamado ya Hijo de Dios.
Con la inmersión en el
río, Jesús hacía suyo un gesto de algunos grupos judíos y en especial de Juan
Bautista. Se trataba de un gesto de conversión, y por tanto, de ruptura con el
pasado. En las aguas del río quedaba sepultada una manera de vivir. Del agua
salía una persona nueva. Todos los que habían experimentado esa transformación
formaban la comunidad de los que deseaban la salvación.
La venida del Espíritu
Santo sobre Jesús inaugura la llegada de los tiempos definitivos y hace de
Jesús el profeta de esa nueva era, marcada por la venida del Reino de Dios.
Jesús se hace el mensajero de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que anunciaban
ya de antiguo los profetas. Se realiza así la promesa de la irrupción de Dios
en la historia. El Señor viene con poder a ejercer su realeza, su dominio sobre
Israel y sobre todos los pueblos. Él va a instaurar la justicia y el derecho.
Jesús, ungido con el Espíritu, tendrá una fuerza especial para poner su vida al
servicio de la causa del Reino.
También el bautismo
cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico.
Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se
muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal.
En el bautismo lo
expresamos mediante las tres renuncias, formulados de manera tradicional como
el mundo, el demonio y la carne. Renunciamos a todo lo que es opuesto al Reino
de Dios. Pero sobre todo el bautismo nos hace experimentar la resurrección de
Jesús.
Al salir del agua somos
una criatura nueva, ungida con el óleo del Espíritu Santo que hace de nosotros
miembros de un pueblo de sacerdotes y reyes. Se nos vistió un vestido blanco
para significar esa vida nueva, la vida misma de Jesús, la vida de Dios.
Hicimos la profesión de fe, a través de la cual, acogíamos a Dios en nuestras
vidas.
Querido cofrade te invito
que renueves con gozo las promesas bautismales, que comportan un compromiso a
favor del Reino de Dios y una lucha contra todo lo que se opone a él. No dejes
pasar el domingo del Bautismo del Señor sin este quehacer.
Un abrazo,




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