jueves, 24 de noviembre de 2011

LA COLUMNA DE DIAZ TORTAJADA EN EOS.CARTA A UN COFRADE:NO EXISTE JESÚS SIN IGLESIA

Carta a un cofrade

NO EXISTE JESÚS SIN IGLESIA

Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Sacerdote-periodista

Querido Cofrade:

Te he escuchado alguna vez decir:Jesucristo si; Iglesia, no. No puedes realizar esta dicotomía.
En su ministerio público Jesús asume que el pueblo judío era el titular y el transmisor de la revelación que él viene a consumar. Y por ello Jesús se dirige a la Casa de Israel a quien hace presente su evangelio del Reinado de Dios. Desde el comienzo de su manifestación, Dios ha buscado de entre las naciones del mundo un pueblo concreto para hacer de él signo visible de salvación. Dios sigue el camino peculiar de ofrecer la salvación que ha de llegar a todo el mundo, a través de una comunidad determinada que viva con la intensidad y la pureza debidas la recta experiencia moral y religiosa y sea así signo para toda la humanidad. Desde esta pedagogía divina, Israel no fue elegido para su exclusivo provecho, sino como señal universal de salvación para todos los pueblos.

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 Jesús ha hecho suya esta visión de la historia de la salvación y no renuncia a la idea de la comunidad bajo la convicción de que la soberanía de Dios necesita un pueblo y busca ofrecer a toda la casa de Israel el Reino de Dios. Y cuando Jesús constata que Israel se cierra a su llamamiento -la autoridad religiosa y las mismas muchedumbres que se enfrían- Jesús forma un nuevo pueblo escatológico, porque es impensable el Reino sin una comunidad que sea su soporte, su ámbito de realización y de proyección. La reunión de un nuevo Israel es un presupuesto evidente de la idea del Reino de Dios. El Reino supone un pueblo. Como dice Schnackenburg, "Quien niega a Jesús la intención de congregar una comunidad, desconoce el pensamiento mesiánico-escatológico de Israel, en el que la salvación escatológica es inseparable del pueblo de Dios y la comunidad de Dios es elemento necesario del Reino de Dios".
 Entonces, si el reinado de Dios presupone siempre un pueblo en el cual implantarse y resplandecer, ante la cerrazón de Israel, Jesús se concentrará en el círculo de sus discípulos estableciendo la vinculación del Reino de Dios con la comunidad de sus fieles: "No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino" (Lc 12, 32). Así forma Jesús su comunidad mesiánica, porque la soberanía de Dios no se impone en el mundo de golpe, no baja de las nubes, se hará presente a través de una mediación. El Reino de Dios no es algo etéreo o ilocalizado, sino que está ligado a una comunidad humana concreta, se hace cierto y gana visibilidad en el pueblo de Dios. La soberanía salvífica de Dios no puede ser algo general, ha de afectar a un pueblo concreto. ¿Cómo podría venir la soberanía de Dios a la tierra si no fuera aceptada por los hombres que en su inserción social pudieran hacer patente la dimensión histórica de ese Reinado de Dios? Jesús, por tanto, funda una nueva comunidad mediadora de su obra reuniendo el grupo de los doce como nuevo Israel para que estén con él, hagan lo que él hace con sus mismos poderes y sean enviados por él como representación personal suya. Este puñado de discípulos se convierte cada vez más en el tronco del nuevo pueblo de Dios, con Pedro con funciones de coordinación, al que Jesús encomienda la función de enseñar y confirmar a los hermanos en la fe a la hora de la tentación (Lc, 22, 32) y al que Jesús promete una especial asistencia (Mt 16, 18-19).
 La Iglesia, por tanto, nace en el proyecto salvador de Jesús como comunidad del Reino. Precisamente porque el ministerio de Jesús tiene por finalidad la inauguración en el mundo o en la historia del Reino de Dios ha nacido de él la Iglesia como comunidad mesiánica, comunidad que es realización concreta de ese Reinado de Dios en la historia humana, y de este modo signo e instrumento de su expansión en todo el mundo. La Iglesia, por tanto, no es el Reino de Dios, en contra de la identificación completa que en el pasado se hizo más de una vez. La Iglesia no es el Reino, pero es, como afirma LG 5, germen y principio suyo, esto es, causa de su crecimiento en la historia de los hombres. El Reino de Dios tiene forma histórica, alcanza visibilidad en el mundo mediante la Iglesia y a través de ella se entra en relación con él. La Iglesia, por tanto, no es fin en sí mismo, es una realidad mediadora o instrumental. El ser y la misión de la Iglesia, sostenida por el Espíritu, están en ser realidad significativa y eficaz de la salvación de Jesucristo, la soberanía salvífica de Dios, su Reino o reinado de gracia salvadora en el mundo de los hombres.
 El Reino de Dios, inaugurado en el mundo por Jesús, es según san Pablo, “justicia y paz y gozo en el Espíritu”. El Reino es gracia de Dios, ofrecimiento de su misericordia a los hombres, y por tanto antes que nada se acoge y se pide, como Jesús enseña a sus discípulos: “Venga a nosotros tu Reino” aunque requiere el máximo compromiso de parte de los hombres para acoger la gracia que con la debida colaboración personal provoca el cambio, la aparición del hombre nuevo, el nacimiento de una nueva comunidad e historia humana bajo el signo de la reconciliación. De ahí que diga también Jesús que el Reino de Dios padece violencia y sólo los esforzados se apoderan de él.
  De este Reino es sacramento la Iglesia que alumbra la reconciliación de los hombres entre sí y la reconciliación con Dios como afirma el Vaticano II, “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG, 1), lo que ha dado pie a definir con toda exactitud a la Iglesia como sacramento de comunión. Para ser germen del Reino en la historia humana la Iglesia ha de vivir en sí misma la unión con Dios y la unión entre los hombres que la forman, y de esta suerte representa y convoca con eficacia a esa doble experiencia en función de la cual existe.
 A través de la Palabra divina que custodia, a través de los sacramentos, a través del testimonio de la vida teologal de los creyentes, es decir, testimonio de fe, esperanza y caridad, la Iglesia puede conducir a los hombres por el camino de unión con Dios como instrumento de la salvación a la que Él llama. Y respecto de los hombres, es instrumento de unión entre los individuos y los pueblos, instrumento de justicia, de paz y solidaridad, lo cual es, sin duda, aspiración fundamental de la humanidad en nuestro tiempo.

De modo más particular, la Iglesia hace presente la salvación mediante su testimonio, su anuncio de Jesucristo y su Reino que incluye la misma Escritura sagrada nacida de las entrañas de la fe de la Iglesia como escrituración de su testimonio; mediante la caridad vivida por los creyentes hacia dentro de la comunidad y hacia su exterior, su koinonía y su diakonía; mediante la celebración de los misterios de la salvación en la liturgia eclesial que es un modo fundamental de ofrecimiento del Señor Jesús y su salvación.
Seguiremos hablando del asunto.
Un abrazo,

Antonio

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