CARTA ABIERTA A VICENTE BALLESTERPor Antonio DÍAZ TORTAJADA
Sacerdote-periodista
Querido Vicente:
Dicen que te has ido.
Y no es verdad;
Estás entre nosotros con una nueva dimensión;
La dimensión de los que mueren en el Señor.
Estás ya en plenitud con el Padre a quien amabas.
Hoy, cuando te escribo estas líneas rotas,
es un día para orar con recogimiento,
y para ofrecerte un último testimonio de amor.
Tu, como todos nosotros,
sentiste la necesidad de ser amado y de amar,
de corresponder a la amistad,
al ansia de vivir,
de descubrir el horizonte de la alegría y de la paz;
tu historia ha sido una historia fundamentalmente de amor,
de amor a tu familia y de amor y simpatía hacia los demás.
Orar, confiada y humildemente,
en estos momentos que todos tus amigos te añoramos
es un modo real de acompañarte como ser querido
más allá de la muerte.
Porque la oración es la que nos pone en comunión con Dios;
un Dios de vivos y no de muertos.
Eso es lo que hizo aquel Macabeo,
buen israelita por sus compañeros:
Los encomendó a la misericordia de Dios
para que los perdonase y así pudiesen participar un día
de la resurrección gloriosa.
Esto es también lo que hizo Jesús la noche antes de su muerte.
Pidió al Padre por todos los hombres
para que pudiésemos estar con Él,
más allá de la frontera de la muerte
que Él mismo iba a vencer con su propia muerte y resurrección.
Cuando nosotros ahora rezamos por ti,
estamos actualizado aquella oración de Jesús
que tantas veces hemos escuchado en el Evangelio:
Queremos que estés para siempre en la gloria de Jesucristo,
ya que desde el comienzo de tu vida fuiste de Jesús,
por la fe y el bautismo.
Jesús sólo habla del descanso y del perdón,
de la puerta abierta:
“Yo soy la resurrección y la vida”;
“Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados
y yo os aliviaré”.
“Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas”.
“Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino prometido”.
“Nosotros hemos de gloriarnos --decía san Pablo—
en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
En él está nuestra salvación, nuestra gloria para siempre”.
Hace falta escuchar, una vez más, los versos de los místicos
para percibir aquellas hermosas palabras:
“Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero,
que muero porque no muero” afirmaba santa Teresa.
¿Por qué no pensar que Dios Padre te ha salido al encuentro.
Tu has sido un hijo, un padre, un esposo, un amigo,
Tu has sido el hijo del Padre de todos los hombres
y hoy te ha abrazado y te ha colocado el anillo
y celebra contigo un banquete en su honor.
Al final de nuestro camino
–como también al principio-- está Dios.
Un Dios que nos acoge,
un Dios que nos recibe en Él.
Un Dios Padre que nos ha creado por amor y nos salva
en Cristo su Hijo, también por amor.
“El nos amó primero y entregó a su Hijo por nosotros
para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”.
Esta es la fe de los cristianos.
Allí donde algunos sólo descubren el final
y la corrupción de la muerte,
nosotros descubrimos,
con los ojos iluminados del corazón,
el inicio de una vida nueva,
glorificada y resucitada en Cristo Jesús.
La vida que tu vives ya, y que nosotros anhelamos.
Queremos orar contigo y por ti, Vicente.
Es un gesto noble,
es un gesto cristiano,
es un acto de fe,
de amistad y de amor para contigo
a quien te decimos:
Hasta pronto en la casa del Padre.
Te encomendamos
con confianza a las manos del Padre del cielo,
que te ha amado desde siempre
y sigue amándote en el seno de su Reino.
Es precisamente la fe en Cristo,
muerto y resucitado la que da sentido a nuestra oración.
A partir de ahora tenemos un nuevo aliado.
Que así como has compartido ya la muerte de Jesucristo,
compartas también con él la gloria de la resurrección.
La que nosotros esperamos.
Gracias.
Tu amigo,
Antonio



No hay comentarios:
Publicar un comentario