Carta a un cofrade
PREGÓN DE SEMANA SANTA
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Sacerdote-periodista
I
Querido cofrade:
Para quienes hemos recibido una formación teológica y litúrgica, la palabra “pregón” nos recuerda inmediatamente el “praeconium paschale” o “pregón pascual”, entonado en la noche del sábado santo, al inicio de la vigilia pascual, en la oscuridad de un templo iluminado tan sólo por la luz de las velas de los fieles y por el cirio pascual que ha hecho su ingreso solemne en la iglesia tras la bendición del fuego en el exterior de la misma.
El canto del “pregón” es un momento especial de la celebración de la vigilia pascual, pues además del efecto creado por el juego de luces y sombras, por el silencio expectante y por la visión --desde el ambón de la Palabra-- de los rostros de los fieles iluminados por las candelas sostenidas en sus manos, el “pregón pascual” --también conocido por su primera palabra en latín, “exultet”-- anuncia la Resurrección de Cristo, su triunfo sobre las tinieblas de la muerte y del pecado, invitando a la alegría de cielos y tierra por haber sido rescatados por Cristo, llegando a repetir la impresionante pregunta de san Pablo: “¿de qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?”.
Pues bien, querido cofrade, es justamente esta fiesta, la “pascua del Señor”, la que anuncia este pregón de hoy. Pues la Semana Santa tiene su centro, su corazón en el llamado “triduo pascual”, que se abre con la eucaristía vespertina de la Cena del Señor, en la tarde del Jueves Santo, continúa con la celebración de la muerte del Señor, en la tarde del Viernes Santo y culmina con la Vigilia Pascual --en la noche del sábado santo-- y la Eucaristía del domingo de Resurrección. Se trata, por tanto, de la celebración litúrgica anual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, misterio que los cristianos actualizamos en la Eucaristía de cada domingo, nuestra “pascua semanal”. Misterio que preparamos con intensidad y fervor durante el tiempo de cuaresma inaugurado con la imposición de la ceniza.
Y una vez vivida en nuestros templos y en nuestras calles, dispondremos aún de los cincuenta días del tiempo pascual para seguir ahondando en su significado para nuestras vidas.Ahora bien, siendo el “triduo pascual” el corazón de la Semana Santa, son sin embargo también importantes los días anteriores, de manera especial el domingo de ramos, el gran pórtico que despliega ante nuestros corazones el conjunto de acontecimientos vividos en la ciudad de Jerusalén en la primera semana santa de la historia. En ese día asistiremos un año más a la bendición de las palmas o ramos.
Ese día Jesús montado en una borriquilla, expresión de la humildad del Mesías, anunciado por los profetas, que hace su entrada en Jerusalén entre las aclamaciones de un pueblo que pocos días después vociferará pidiendo su muerte.
Ese día escucharemos la lectura de la pasión, no por conocida menos impresionante, al considerar que quien padece y muere es nada menos que el Hijo de Dios, el Verbo encarnado y que la razón de su padecer es nuestro bien, nuestra salvación. Y después llegarán el lunes santo, el martes santo, el miércoles santo, y a partir del Jueves Santo los oficios del “triduo pascual”.Y junto a estas celebraciones litúrgicas, las procesiones
Esto es lo que hoy anunciamos, animando a todos los hermanos y hermanas, y a quienes nos visiten en esos días, a participar con respeto y devoción en todos estos actos.
IIEn los días de la Semana Santa nuestros ojos va a estar puestos en los protagonistas principales: Jesús y María, el Hijo y la Madre. A ellos debe dirigirse nuestro pensamiento, nuestro sentimiento, nuestro afecto. En medio de nuestras celebraciones y procesiones no debemos extraviar la mirada ni la motivación de nuestros actos, conscientes de asistir y servir al misterio de Dios ofrecido a nuestros sentidos y a nuestros corazones. Esa será la mejor garantía de una Semana Santa bien vivida, bien celebrada y bien procesionada.
Debe ser motivo de orgullo nuestra Semana Santa y lo debe ser cada día. Debe ser de un profundo orgullo aquello que hacemos; de profundo y auténtico interés para cada uno de nosotros, pues las cosas más importantes de la vida crecen como los huesos, como las plantas, como los afectos, de dentro hacia afuera.
La calidad y verdad de nuestra Semana Santa dependerá no sólo de la buena organización --ciertamente necesaria, es más, imprescindible y que sigue mejorando cada año--, sino de la sincera motivación de nuestros corazones, dispuestos al sacrificio del gusto o parecer particular para afirmar el gesto eclesial, para manifestar la fe de un pueblo que recorre los caminos de este mundo tras los pasos de Cristo, en compañía de nuestra Madre la Virgen.Para ello me serviré de un documento, publicado en el año 2002 por la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, que lleva por título “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia”. Te invito a que lo leas.
El punto de partida ha de ser necesariamente el reconocimiento del primado insustituible de la liturgia --en cuyo centro se encuentra la Eucaristía-- en la vida espiritual del cristiano. “Las acciones sacramentales son necesarias para vivir en Cristo”. No podemos prescindir de ellas si queremos vivir la fe de la Iglesia y alimentar nuestra propia fe. “Las formas de la piedad popular --recuerda el documento-- pertenecen, en cambio, al ámbito de lo facultativo”. Ciertamente, mientras que todo cristiano está llamado a la participación activa en la asamblea dominical --oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar y a la confesión sacramental --, confesarse al menos una vez al año, en peligro de muerte o si se ha de comulgar, nadie está obligado de partida por su fe a participar en una determinada procesión, ni en la del Corpus Christi --que es prolongación del culto eucarístico--, ni en las procesiones marianas, ni en las penitenciales o de gloria. Y sin embargo son importantes y hemos de custodiarlas.
La actitud para participar en ambas manifestaciones --especialmente en la celebración sacramental-- es la misma. Nos la recordaba el querido y recordado papa Juan Pablo II al escribir: “La celebración litúrgica es un acto de virtud de la religión que, coherentemente con su naturaleza, debe caracterizarse por un profundo sentido de lo sagrado. En ella, el hombre y la comunidad han de ser conscientes de encontrarse, en forma especial, ante Aquel que es tres veces santo y trascendente. Por eso, la actitud apropiada no puede ser otra que una actitud impregnada de reverencia y sentido de estupor, que brota del saberse en la presencia de la majestad de Dios”.
Partimos, pues, de la importancia central, insustituible, que en la vida de todo cristiano tiene la celebración litúrgica, definida por el concilio Vaticano II como “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”. Pero es oportuno repetir en este “pregón” lo que el mismo Concilio señala: Que “la participación en la Sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual”. En ella ocupan un lugar importante “los ejercicios piadosos del pueblo cristiano”.
Todos nosotros, dependiendo de nuestra mayor o menor edad, hemos sido testigos de momentos vividos en la historia reciente de nuestras comunidades cristianas en los que la religiosidad popular y sus manifestaciones fueron vistas con “sospecha”, criticadas como expresiones imperfectas en nombre de una supuesta “pureza” de la fe. La eliminación de imágenes, la supresión de devociones tradicionales y aun de procesiones y expresiones públicas de religiosidad, llevadas a cabo por algunos ministros de la Iglesia, hicieron daño al pueblo de Dios y escandalizaron a muchos, apartándoles de la fe. Pero también se ha dado el fenómeno contrario: La búsqueda ansiosa de fenómenos sobrenaturales y de devociones particulares, la exaltación del culto local o la propia devoción, como si no fuera suficiente la gran revelación de la Palabra de Dios y el milagro cotidiano de la Eucaristía.
“La piedad popular --señaló Juan Pablo II-- no puede ser ni ignorada ni tratada con indiferencia o desprecio, porque es rica en valores, y ya de por sí expresa la actitud religiosa ante Dios; pero tiene necesidad de ser continuamente evangelizada, para que la fe que expresa llegue a ser un acto cada vez más maduro y auténtico”. En esta misma línea el Directorio recuerda que la piedad popular es un “verdadero tesoro del pueblo de Dios” y que “manifiesta una sed de Dios que sólo los sencillos y los pobres pueden conocer; vuelve capaces de generosidad y de sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe”.
IIINuestra forma de vivir la fe está marcada por nuestra pertenencia cultural, las tradiciones que nos han sido transmitidas por nuestros mayores y, sobre todo, por nuestra pertenencia eclesial concreta. Desde los inicios de la Iglesia los cristianos han vivido la piedad mediante oraciones, ayunos, formas de culto --como el culto a los mártires o a los difuntos--, expresiones de piedad mariana, cantos e imágenes. En estos primeros siglos nacen las diversas familias litúrgicas, los repertorios de textos sagrados y ritos. “Se suele señalar el pontificado de san Gregorio Magno (590-604), pastor y liturgista insigne, como punto de referencia ejemplar de una relación fecunda entre liturgia y piedad popular. Este Pontífice desarrolla una intensa actividad litúrgica, para ofrecer al pueblo romano, mediante la organización de procesiones, estaciones y rogativas, unas estructuras que respondan a la sensibilidad popular, y que al mismo tiempo estén claramente en el ámbito de la celebración de los misterios divinos... y armoniza las nobles expresiones del genio artístico con las expresiones más humildes de la sensibilidad popular”.
“En el Oriente cristiano, especialmente en el área bizantina, la Edad Media se presenta como el periodo de lucha contra la herejía iconoclasta, dividida en dos fases (725-787 y 815-843), periodo clave para el desarrollo de la liturgia, de comentarios clásicos sobre la liturgia eucarística y de la iconografía propia de los edificios de culto”.Por su relación con los “pasos” de la Semana Santa conviene recordar el resultado de esta lucha iconoclasta, es decir, de la controversia en torno a la legitimidad de las sagradas imágenes. Frente a quienes rechazaban el uso de cualquier forma de imagen --conforme al precepto mosaico, los padres del II concilio de Nicea, celebrado en el año 787, determinaron la legitimidad del culto a las imágenes, que no reciben de los fieles adoración --reservada sólo a Dios--, sino veneración. Se convierte así en principio eclesial que “los honores tributados a las imágenes --de Cristo, de la Virgen y de los santos--, se dirigen” no a las imágenes mismas sino “a las personas” en ellas “representadas”. No hay pues idolatría, ni superstición o magia, en el culto católico a las imágenes, aunque sí pueden darse abusos y deformaciones en la religiosidad de algunas personas, insuficientemente formadas.
Siguiendo nuestro rápido recorrido histórico es característico de la Edad Media el florecimiento de gremios y hermandades nacidos con fines cultuales y caritativos, vinculados con frecuencia a un oficio o a una imagen, que desarrollan ritos, oraciones y cantos que enriquecen el patrimonio religioso de la fe.Pero es sin duda el concilio de Trento (1545-1563), quien con sus disposiciones para favorecer una profunda reforma de la Iglesia y hacer frente a la escisión protestante, marca la historia de la religiosidad y la piedad de nuestros días. Por una parte, por el restablecimiento de una liturgia purificada de muchos elementos que se habían ido agregando, no siempre de manera correcta, a la confesión de la fe y a la celebración del misterio cristiano, y por otra por la potenciación de los ejercicios de piedad, como medio de defensa de la fe católica frente a los ataques protestantes. Es la época del barroco, caracterizado por su intensificación del culto a los santos, representados en hermosas imágenes de altísimo valor artístico, el cultivo de la música sacra o el teatro religioso...
“Una expresión de gran importancia en el ámbito de la piedad popular --dice el Directorio-- es el uso de las imágenes sagradas que, según los cánones de la cultura y la multiplicidad de las artes, ayudan a los fieles a colocarse delante de los misterios de la fe cristiana. La veneración por las imágenes sagradas pertenece, de hecho, a la naturaleza de la piedad católica”. Y ¿por qué sucede esto? ¿Por qué son importantes las imágenes? Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, señala que todo conocimiento humano comienza por los sentidos, aunque señala que el objeto de la fe es la verdad revelada. Pero esta Revelación ¿cómo se nos ha dado? Mediante la Encarnación del Hijo de Dios, a través de “hechos y palabras” intrínsecamente unidos, en la realidad divino-humana de Jesucristo. Lo dice san Juan en su primera carta: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que han palpado nuestras manos, acerca del Verbo de la vida... eso es lo que os anunciamos”.
Pues bien, el cristianismo está lleno de hechos, de rostros, de acciones, comenzando por la vida de Jesús y sus primeros discípulos. Lo que celebramos en Semana Santa no son ideas, sino hechos, acontecimientos que pueden ser narrados y representados. Decía san Agustín: “In manibus nostris sunt codices, in oculis nostris facta”, en nuestras manos están los códices --los relatos--, en nuestros ojos los hechos. Al acompañar los pasos de la Semana Santa reviviremos un año más estos hechos, y los mostraremos a todos, creyentes y no creyentes.
IVQuisiera, querido cofrade, terminar mis palabras con las que Chesterton, escritor inglés convertido al catolicismo en 1922, describe el desenlace de lo que él llama “la historia más extraña del mundo”, que no es otra sino la pasión, muerte y resurrección de Cristo: “Momentos antes de su muerte rezó por toda la raza de asesinos de la humanidad, diciendo: No saben lo que hacen... No hay necesidad de repetir y alargar la historia, contando cómo se consumó la tragedia por la pendiente de la Vía Dolorosa y cómo lo arrojaron sin más con dos ladrones en una de las tandas ordinarias de ejecuciones. Y cómo, en todo aquel terrible y desolador abandono, oyó una voz en homenaje, una voz sorprendente, procedente del último lugar esperado: el madero de uno de los ladrones. Y le dijo a aquel rufián sin nombre: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. ¿Qué otra cosa se puede poner después de esto sino un punto final?... Hubo momentos de desamparo que nadie padecerá jamás... Y si hubiera algún sonido que pudiera producir el silencio, seguramente nos quedaríamos en silencio ante el final, cuando un grito fue lanzado en la oscuridad con palabras terriblemente nítidas y terriblemente incomprensibles, que el hombre nunca entenderá en toda la eternidad que esas mismas palabras han comprado para él. Y por un instante aniquilador, un abismo insondable para nuestro limitado intelecto se abrió en la unidad de lo absoluto: Dios había sido abandonado por Dios.
Bajaron el cuerpo de la cruz y uno de los pocos hombres ricos entre los primeros cristianos obtuvo permiso para enterrarlo, en un sepulcro en la roca, dentro de su huerto... Al tercer día, los amigos de Cristo que llegaron al lugar al amanecer, encontraron el sepulcro vacío y la piedra quitada. De diversas maneras se fueron dando cuenta de la nueva maravilla. Pero aún no se dieron mucha cuenta de que el mundo había muerto en la noche. Lo que aquéllos contemplaban era el primer día de una nueva creación, un cielo nuevo y una tierra nueva. Y con aspecto de labrador, Dios caminó otra vez por el huerto, no bajo el frío de la noche, sino del amanecer”.¡Feliz Semana Santa!
Un abrazo,



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