
ESCENAS DE LA PASIÓN IILa última cena.
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Sacerdote-periodista
Señor Jesús:
Es la hora del degüello del cordero pascual
y de tu muerte;
es la hora de tu sangre derramada,
y tu carne compartida.
Queremos sentarnos a tu mesa
y compartir tu amistad;
beber tus cuatro copas
y comer tus panes ázimos.
Cordero que quita el pecado mundo,
queremos sentir la verdad del Misterio
que se renueva cada momento
y aceptar los dones
que tu nos ha preparado para siempre.
La cena de aquel Jueves Santo,
en víspera de tu pasión y dolor
se inscribe no en el pasado de aquel año
en que tu moriste sobre la cruz,
sino en la perenne presencia de un Misterio
que da sentido a nuestras vidas.
Atrás quedarán las lágrimas de nuestra esclavitud.
Qué hermosos regalos nos dejaste
en aquella noche de entrañas cordiales y traición.
Nos regalaste la Eucaristía.
El pan y el vino en tus manos
se nos dan como cuerpo y sangre tuyos,
memorial de tu pasión
y por lo tanto presencia,
ofrenda sacrificial y banquete de comunión.
Tu no te has quedado en el pasado.
Te nos ha infiltrado en el presente,
eres compañía perenne de nuestro camino.
Tan frágil es el signo sacramental
y tan lleno de sentido,
pues es presencia personal tuya,
de la memoria tu entrega,
para que no tengamos excusa de olvidarte
porque te fuiste de entre nosotros.
Para que la intimidad
de aquella noche de pasión,
pueda ser revivida cada día
y dé sentido a nuestra vida.
Pascua de cada día.
Y una vez al año,
la memoria de aquella Última Cena,
la noche en que tu ibas a ser entregado,
tu mismo voluntariamente se nos entregaste.
constituiste sacerdotes a los apóstoles,
los capacitaste para hacer presente
el misterio mismo de la pascua tuya:
Haced esto como memorial mío.
Era un don,
como el de la Eucaristía.
Era una gracia,
al servicio de esa presencia,
que sólo en tu nombre
se puede evocar y actualizar.
Y un nuevo regalo:
El don del mandamiento del amor.
Tan nuevo que lo estrenaste tu;
tan original que lo hiciste típicamente tuyo.
Y le diste la medida máxima,
hasta dar la vida por nosotros.
un signo evidente de nuestra vinculación a ti.
Lo proclamaste santo y seña de tus discípulos.
Un amor que viene de la Eucaristía,
por imitación en la entrega
y por la efusión de su Espíritu de amor,
sin el cual no seríamos capaces de amar.
Señor Jesús:
Gracias por tantos detalles para con el hombre.
Amén.



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