lunes, 15 de junio de 2015

LA COLUMNA DE JOVIHA EN EOS:CLAUDIA PRÓCULA Y LA EXTRAÑA CONCEPCIÓN DE LA MUJER ROMANA EN NUESTRA SEMANA SANTA MARINERA DE VALENCIA

José Vilaseca Haro es un escritor, hijo del que fuera Secretario General de nuestra Junta Mayor, Pepe Vilaseca Pizá.-JOVIPI.Cuyo galardón en su recuerdo otorgamos cada tres años a personas o entidades que difundan nuestra Semana Santa Marinera.
La obra creativa de JOVIHA comenzó en 1998.A lo largo de los años, ha participado en diversos certámenes literarios locales, hasta que, decantado definitivamente por la novela, en 2007 presentó su obra Llamadme Monstruo al Premio Planeta. Probó suerte de nuevo con la obra Padre Muerte, en la edición de 2008 , que finalmente publicaría en 2009, y en la última edición de dicho certamen participó con Los últimos días.En 2011, quedó finalista del VII Certamen de Novela Histórica "Ciudad de Valeria", con su novela Gladius Hispaniensis. En 2012 se alzó con el VIII Certamen de Novela Histórica "Ciudad de Valeria" con su novela Sidi: Mi señor, ambientada al final de la Primera Cruzada.Su último libro es HISTORIA DE VALENCIA EN PILDORITAS.
En el año 2013 fue el encargado de realizar el “introito” en el Sopar de la Creu Marinera, y ahora sigue compartiendo con los lectores de este blog sus articulos e inquietudes.
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CLAUDIA PRÓCULA Y LA EXTRAÑA CONCEPCIÓN DE LA MUJER ROMANA EN NUESTRA SEMANA SANTA MARINERA DE VALENCIA 

Por José Vilaseca Haro

Escritor

A lo largo de estos últimos días, hemos vivido una intensísima polémica respecto a las sanciones de Junta Mayor, respecto a diversas situaciones observadas en la reciente celebración de la Semana Santa Marinera. Una de estas ha ido dirigida a una mujer vestida de Claudia Prócula, esposa de Poncio Pilatos, que ha supuesto incluso a aparición de la afectada en una televisión nacional.

A pesar de que he hecho un gran esfuerzo por no entrar en las muchas discusiones abiertas en las redes sociales (he de admitir que, en algunas, he acabado cayendo como pecador que soy), sí me gustaría tratar de dejar claras algunas verdades que consideramos falsas, o desterrar algunas falsedades que damos como ciertas, desde la mejor perspectiva en estos casos: El estudio histórico. Precisamente por ello, quisiera hacer una reflexión acerca del personaje de Claudia y, por extensión, de la perspectiva que se tiene de la mujer romana en nuestras celebraciones.

Dos de los principales errores que vemos y vivimos en nuestra Semana Santa Marinera desde hace muchos años, tienen que ver con el llamado factor Hollywood así como la disponibilidad de medios durante la posguerra; respecto de este último “error”, recientemente conversaba durante el último coloquio de EOS con un buen amigo longino Javier Belenguer respecto de las alabardas que suelen portar, bien me explicaba que, en el momento comenzaron a procesionar, eran las únicas armas disponibles de características semejantes a la lancia romana (de la que hablamos tiempo atrás).

Pero, amigos míos, el factor Hollywood supuso una influencia innegable en la indumentaria semanasantera. Por ejemplo, la samaritana tradicional, una humilde mujer hebrea:
queda transformada por obra y gracia de la influencia de la Meca del Cine en una espectacular dama, más cercana a la Reina de Saba (magnífica Gina Lollobrigida) 
o a Salomé (inolvidable Rita Hayworth) que a la mujer de austeras vestiduras que vemos en representaciones pictóricas.
pero volvamos a Claudia, si me lo permiten. En este caso, tenemos uno de los personajes más controvertidos a nivel de vestuario, debido sobre todo a que la domina romana que inspira al personaje de la esposa de Pilatos es, principalmente, una proyección de distintos estereotipos perfectamentes resumibles en la Popea de Quo Vadis? (1951).
e incluso ahora, ese ideal de belleza deslumbrante, lleno de vestidos vaporosos y más carne que gasa, que muchos creen cierto para la mujer romana, se ha mantenido en series tan populares como Roma o Espartacus, donde en muchas ocasiones se ha dibujado a la domina como un auténtico animal en celo presa de sus más bajas pasiones.
Pero, en realidad, la Claudia Prócula real seguramente estaba muy lejos de esta visión retorcida por el cine o la televisión y, como afirmaba el dicho sobre la mujer del César, que no solo debía ser honrada sino también aparentarlo, vestiría con muchísimo más recato del que estamos acostumbrados a ver en nuestras procesiones semanasanteras (en especial, en el Desfile de Resurrección). Quizá porque una de las razones de ser del vestuario de una mujer romana era indicar sin temor a equivocarnos su estatus social.

En primer lugar, la ropa interior solía constar de dos piezas: Una cubría los senos (llamada fascia pectorales) mientras que la segunda, a modo de calzón, protegía las nalgas, las caderas y el pubis. También existía el llamado strophium, una suerte de corpiño.
No fueron estos los únicos “refajos” de las mujeres romanas; sobre la ropa interior, se encontraba el indusium, una suerte de túnica sin mangas (que también se usaba como “pijama”) y, sobre esta, la stola, de una sola pieza. Un buen ejemplo de este vestuario lo tenemos en María Lara, autora de El velo de la promesa con la que se alzó con el VII certamen de novela histórica “Ciudad de Valeria”.

 Igualmente, cualquier dama romana decente debía llevar un velo o palla sobre la cabeza, que en ocasiones podía llegar hasta los pies (aunque en el hogar se colocaba de forma más cómoda, generalmente recogido); el simple hecho de llevarlo indicaba a primera vista que lo portaba una matrona pues, a diferencia de los velos actuales (más relacionados con la cuestión religiosa que con la social), era de buen gusto portarlo; una forma de ser reconocida como la señora de la casa.

Quizá el aspecto de mayor ostentación se hacía no en el vestuario sino en las joyas, utilizando collares, tiaras y brazaletes de oro y plata con incrustaciones de piedras preciosas, así como broches para el cabello de marfil o nácar.

Hablando del cabello, cierto es que muchas de esas cabelleras detalladamente trabajadas que disfrutamos en nuestra Semana Santa Marinera tienen su origen en las damas de alta alcurnia y las emperatrices romanas, pues sus peinados solían poner a prueba las leyes de la gravedad, como aparece en este busto de Julia Flavia, hija del emperador Tito.

Es, pues, que la imagen de la Claudia Prócula más acertada históricamente, dentro de las muchas inspiraciones que podemos encontrar, sea la que aparece en La Pasión de Cristo de Mel Gibson: Recatada, con la cabeza ligeramente cubierta por la palla y con una túnica de color claro hasta las sandalias.
Queda claro, pues, que las vestiduras de Claudia Prócula no incluían faldas con grandes aberturas en la pierna que dejaran el muslo al aire ni cinturones anchos por encima de la rodilla. Hemos de entender que nuestra indumentaria representa lo que fue o debió ser, y no una proyección de nuestros deseos o caprichos. Más allá de la tradición, y del evidente espíritu religioso de nuestras celebraciones, debemos mantener un respeto cada vez mayor por las investigaciones históricas y reflejar estas de la forma más artística que podamos, pero sin dejarnos arrastrar por licencias cinematográficas o, peor aún, proyecciones fantásticas de lo que “creemos que pudo ser”.

Gracias por haber llegado hasta aquí.

Bibliografía:



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