
EL REY DE LOS JUDIOS
Sacerdote-periodista
Querido cofrade:
Por
mucho que nos cueste aceptarlo, no es posible un cristianismo sin cruz. El
Señor crucificado constituye el centro de nuestra fe, hecho escandaloso
que no debemos traicionar silenciándolo. Hoy escuchamos de nuevo la historia de
su pasión. San Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, que
escuchábamos el Domingo de Ramos, pero en una perspectiva diferente.
Aquí
no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina
sobre el mundo y reparte sus dones. Pero su poder es el del servicio, el de dar
la vida a favor de los demás. Es un servicio que, como insistía el papa en el
inicio de su pontificado, que se hace cargo de los demás, que cuida con ternura
no sólo a los hombres sino también a toda la creación.
En
la narración de Juan, Jesús ya no es simplemente la víctima pasiva y silenciosa
sino el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los
olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo
cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden
prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías
esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades.
Jesús es condenado por ser testigo de la verdad, de la verdad de Dios y de la
verdad del hombre. La verdad es siempre incómoda pero se abre siempre camino.
También la Iglesia
está al servicio de la verdad, no para usarla como instrumento arrojadizo
contra los adversarios sino para que ésta se abra paso en el corazón de todo
hombre que busca el bien, la verdad y la belleza.

Jesús
es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la
cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos
hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús.
Desde
la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en
una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su
costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo
y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como
el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El
evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su
Espíritu a la Iglesia. Es
ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de
Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es
verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y
ungüentos, pagados por Nicodemo.
En
su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, su Madre, al Discípulo Amado.
Hoy debemos dar gracias por este regalo. Todos hemos nacido de esta Iglesia,
que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del
bautismo y de la sangre de la eucaristía.
Como
el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos a la Iglesia, en la que vamos
siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia
como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos
comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para
su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a
fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro
de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus
necesidades y las presentamos.
Cordialmente,

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