El amigo Paco Varea nos envia el articulo publicado el 31.05.2013 en el nº 2.850 de Vida
Nueva por CARLOS AMIGO VALLEJO Cardenal arzobispo emérito
de Sevilla que reproducimos en ENCUENTRO Y OPINIÓN.
“El
Evangelio siempre es el mismo, pero la música con la que se lee y canta, que es
la cultura, es propia y peculiar de cada pueblo…”.
No acaban de ponerse de acuerdo acerca de la
denominación que se debe emplear al hablar de la relación existente entre los
contenidos religiosos y los signos con los que se expresa y vive el pueblo. De
lo popular, algunas matizaciones sí que hay que hacer, porque no se sabe si se
trata de la masa social en su totalidad o de alguna parte (los menos cultos) o
de unas actitudes (los sencillos, los humildes).
Si nos metemos en el campo de lo religioso, las
distinciones son más abundantes: piedad popular, religiosidad popular, religión
del pueblo, catolicismo popular… Todo ello habrá que tenerlo en cuenta al
hablar de las expresiones religiosas, más bien públicas. Porque, aunque las
vivencias sean íntimas y personales, lo popular requiere una visibilidad
externa.
El papa Francisco, con ocasión de la jornada de las
cofradías y de la piedad popular, ofreció una homilía en la que, de una forma
directa, se refería a las Hermandades, reconociendo que, en los últimos
tiempos, hay signos de renovación y redescubrimiento. Quería el Papa que las
Hermandades se distinguieran por la evangelicidad, la eclesialidad y la
misionareidad.
Es decir, la autenticidad de la fe siguiendo el camino
de Cristo e identificándose plenamente con él; vivir en comunión profunda con la Iglesia y una presencia
tal que no deje lugar a dudas acerca del sentirse parte de la Iglesia; hacer una obra
verdaderamente evangelizadora.
En la religiosidad y piedad popular hay unas
columnas fundamentales sobre las que se sustenta esa expresión de la creencia:
la fe, la familia, la cultura y el testimonio público. Una fe profundamente
cristológica centrada en la persona de Cristo, en la Virgen María y en la
veneración de la
Eucaristía. La familia es insustituible. Se vive lo que han
vivido los abuelos y los padres y lo que se desea para los hijos de los hijos.
La historia de la familia, con frecuencia, está
jalonada por acontecimientos referidos a vivencias religiosas muy populares:
presentación del niño bautizado a la imagen de la patrona del pueblo, primera
comunión ante la imagen querida, ofrecimiento del matrimonio significado en el
ramo de flores puesto ante la imagen de la devoción más sentida, la mortaja del
padre con la túnica de la cofradía de la familia…
Cada pueblo se expresa, en lo religioso, con su
propia idiosincrasia; por eso, los signos, los adornos, la música, los gestos y
los modos de hacer son propios y muy a propósito para manifestar sus
convicciones y sentimientos. El Evangelio siempre es el mismo, pero la música
con la que se lee y canta, que es la cultura, es propia y peculiar de cada
pueblo.
Y el testimonio público, pues no pueden concebirse
la piedad y la religiosidad popular sin una participación exterior y
comunitaria. Es el pueblo nuevo de Dios, y entre las propias gentes, donde se
vive y expresa la fe con las tradiciones más apreciadas y fielmente guardadas.


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