LA
TENTACIÓN NOS
ENVUELVE
Sacerdote-periodista
Querido cofrade:
La
dimisión del Papa Benedicto XVI ha sido un gesto profético muy valiente. Es el
de una persona que ha antepuesto el bien de la Iglesia a su conveniencia
personal. Algunos pensarán que ha escogido el camino fácil de quitarse la cruz
de encima. No cabe duda, sin embargo, que lo que el Papa quiere es que la Iglesia esté guiada por
una persona que sea capaz de dirigir a la Iglesia hacia la Pascua del Señor.
La Pascua significa paso, estar en movimiento. De pronto el
Papa se ha dado cuenta de que la
Iglesia tiene siempre la tentación de instalarse y dar por
definitivo lo que es siempre provisional. Con su dimisión el Papa ha sacudido
el polvo de quinientos años de historia que habían consagrado una manera de ser
Papa, ser Papa para toda la vida.
El
gesto de Benedicto XVI muestra que la Iglesia “a pesar de todo, se mueve”. Y no cabe
duda de que este cambio debiera generar otros cambios. El que este cambio venga
de una persona que toda la vida ha clamado contra el relativismo nos muestra
que es necesario discernir siempre para distinguir lo que es absoluto y lo que
es relativo. El Papa lo ha hecho con toda sinceridad ante Dios buscando el bien
de la Iglesia,
que es también su propio bien. Nos ha recordado a toda la Iglesia que la dimensión
contemplativa de la persona tiene prioridad en la vida.
No
se puede uno pasar la vida actuando de cara a la galería, siguiendo un programa
que te has marcado o que te han marcado. No se puede uno dejar llevar sin más
por la corriente de la vida. Hay que saber tomar las decisiones que los signos
de los tiempos están pidiendo, de lo contrario corremos el peligro de quedarnos
al margen de la corriente vital.
La
tentación hoy día es no hacer nada distinto a lo que se ha hecho. Y de esa
manera dejamos pasar la novedad de la vida que nos está desafiando
constantemente. La fe corre el riesgo de ser la defensa de un estilo de vida ya
pasado y la Iglesia
una especie de museo de objetos valiosos pero sin vida.
También
Jesús al comienzo de su vida pública experimentó la tentación de los falsos
mesianismos que ofrecen una salvación barata y espectacular. El maligno es
especialista en ofrecer grandes ofertas a bajo precio (Lc 4,1-13). El sabe
manipular a la perfección las necesidades y deseos del hombre. La primera
tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales
del hombre. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan,
sino que necesita de la
Palabra de Dios (Rm 10,8-13).
Existe,
sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la
esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la
relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad
de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas
necesidades del hombre.
La
segunda tentación es esperar la salvación del poder político o religioso. Todo
sistema político o religioso en el fondo pretende una adhesión más o menos
incondicional de los miembros de la comunidad para poder funcionar. Para ello
suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Luego
en la práctica nos damos cuenta que los poderes tan sólo piensan en sí mismos y
les preocupa poco los problemas de la gente.
La
tercera tentación es un despliegue genial del tentador. Aparece como un
manipulador consumado. Es capaz de usar incluso la Palabra de Dios para sus
propios fines. La tentación consiste en querer que Dios nos salve de manera
milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. Benedicto ha
aceptado que es un hombre como los demás, marcado por la enfermedad y la
fatiga, y por eso ha pedido su relevo.

De
esta manera se ha hecho solidario de todas las personas sufrientes y dolientes
que aparentemente no cuentan en la historia. Es precisamente, a través de esa
pasividad, de esa pasión, como Jesús llegó a su Pascua, a su paso al Padre. Que
la celebración de la eucaristía nos sitúe en el seguimiento de Jesús que camina
hacia Jerusalén para vivir su Pascua.
Cordialmente,
Antonio

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