VIVE LA GRAN AVENTURA DE
LA FE
Sacerdote-periodista
Querido cofrade:
Estamos
en pleno Año de la Fe. Y dentro de unos días vamos a comenzar la “la gran
misión diocesana”. El Año de la Fe es ante todo una invitación a encontrarse
personalmente con Jesús.
No
pierdas el tren de subirte a esta gran aventura. No te quedes en el “cascarón”,
entra en el meollo de la Fe. El “cascarón” serán los “juegos florales”, las
“bandas” musicales, “los colores”, “los cirios rojos o blancos”,etc… Vive la
gran aventura de la Fe.
El
evangelio en el fondo es la historia de todo un grupo de personas que se fueron
encontrando con Él. Ese encuentro cambió sus vidas. La experiencia
fundante de todos los encuentros es lo que llamamos la vocación.
Todos hemos
sido llamados a la vida. Eso hace del hombre un oyente dela Palabra. Todos
somos vocacionados, llamados constantemente por Dios en Cristo Jesús. Esa
llamada fundamental se especifica después en vocaciones particulares. Todas
ellas suponen un encuentro personal con Cristo.
Ese
encuentro sucede en la cotidianidad de la vida. Y el vivir nunca es aislado. Uno
está siempre inmerso en una serie de relaciones personales y con el mundo. Dios
ha querido salvar a los hombres en comunidad y no como individuos aislados. Para
llevar adelante esa misión se eligió un pueblo, con diversas instituciones al
servicio de la salvación. También Jesús, desde el comienzo de su misión reúne
en torno a sí un grupo, que hace presente ya la salvación y estará al servicio
de la salvación a lo largo de los siglos.
Jesús
llama y convoca a formar una comunidad. Es Él el que tiene la iniciativa y
llama como manifestación de su amor que nos elige para una misión. Ésta no
tiene tanto que ver con un trabajo concreto sino con una manera de vivir
nuestro encuentro con Dios.
Isaías descubrió su vocación de profeta en una
visión en la que Dios se le manifestó con toda su gloria ante la que quedó
sobrecogido. La irrupción del Dios santo en su vida le hizo consciente de su
pecado. Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para
ser su profeta purificando sus labios de manera que sean instrumentos adecuados
para anunciar la Palabra de Dios.
En su encuentro con Dios, Isaías descubre que
éste tiene necesidad de hombres para poder realizar su misión. Inmediatamente
se pone a disposición de Dios para lo que Él quiera.
Pablo
sintió su llamada y la misión que se le confiaba en una aparición del Señor
Resucitado. La Buena Noticia de Jesús se concentra sobre todo en su
resurrección. Jesús Resucitado es el fundamento de nuestra fe y de nuestra
salvación. En la resurrección de Jesús descubrimos que Dios verdaderamente
ha perdonado a la humanidad y ha realizado el acto definitivo de su amor.
Los
discípulos que nos presenta el evangelio, a diferencia de Pablo, tuvieron la
suerte de encontrarse con el Jesús histórico y escuchar su llamada. Ésta tiene
lugar en la vida ordinaria, durante el trabajo de unos Pescadores. No sería la
primera vez que después de bregar toda una noche volvían con las barcas vacías. Esta
vez, sin embargo, encuentran una persona que, sin saber de la pesca, les da la
indicación segura. Haberse fiado de su palabra, haber tenido fe en Él, es lo
que hizo posible el milagro.
También
Pedro, como Isaías, experimenta su ser pecador ante la santidad de Jesús y
tiene miedo. Pero ni Dios ni Jesús están para meter miedo a los pecadores sino
para acercarse a ellos y para llamarlos a colaborar con Él en la misión de
salvar a los hombres. “Ser pescador de hombres” es la misión que Jesús les va a
confiar a aquellos pescadores. La pesca será la imagen del Reino, en cuanto
reúne y convoca a las personas, no para pescarlas sino para invitarlas a formar
parte de la comunidad de los salvados. De esa manera la vocación no los
desarraiga en sus vidas. Seguirán siendo pescadores, pero ahora pescadores de
hombres.
Todos
nosotros estamos llamados a colaborar con Jesús en la salvación del mundo, en
hacer que las personas tengan vida en abundancia. Que la celebración de esta
eucaristía nos haga descubrir nuestra llamada al servicio del Reino y que no
tengamos miedo a dejar lo que haya que dejar con tal de estar en compañía del
Señor.
Cordialmente,
Antonio

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