EL
SEÑOR NOS HA CONFIADO ESTE MUNDO PARA EVANGELIZARLO
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Querido cofrade:
Con
la renuncia del papa Benedicto y la elección del papa Francisco parece que la
Iglesia quiere acompasar el paso con el hombre de hoy, caminar junto con él.
Para ello, sin duda, hay que apretar el paso pues de nuevo la Iglesia se ha ido
quedando rezagada. El reproche de los hombres, vestidos de blanco, a los
apóstoles es: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Lo que se les echa en
cara no es tanto “el mirar al cielo”, como “el estarse ahí plantados”, el no
caminar. El creyente es un caminante con los pies sobre la tierra, pero mirando
al cielo. Su vida está marcada por la dimensión vertical y horizontal de su
existencia.
El
creyente no puede quedar reducido a su dimensión horizontal, que se realiza en
la historia. Creado a imagen de Dios, sólo alcanza su realización plena en
Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. En Jesús, la humanidad
ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida
misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y
que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en la
aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El
hombre ha sido y es objeto del amor de Dios y sigue siendo objeto de las
preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al
mundo entero. La Iglesia es portadora de esa bendición que Jesús le dio al
partir. Una bendición que es promesa de prosperidad y salvación para toda la
humanidad.
Es
verdad que en el pasado la dimensión vertical, que orientaba al hombre hacia la
eternidad, no era capaz de asumir la realidad histórica de este
mundo. Hoy día los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del
hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo Ahora
es el tiempo de la evangelización, de transformar el mundo en Reino de Dios.
Este mundo sigue estando todavía lejos de lo que Dios quiere que sea. Hay
todavía demasiado sufrimiento e injusticia. El Señor sigue presente en nuestro
mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que
alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y
culturas. La Iglesia acompaña la peregrinación de los pueblos hacia la meta y
hace presente la salvación mediante los signos que el Señor sigue
realizando en la historia.
La
experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a
la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar
nuestro mundo en una tierra nueva, en que habite la justicia, y no nos
dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que
desaparece la dimensión vertical del hombre. Sólo manteniendo la dimensión
vertical de relación con Dios adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la
existencia. La dimensión horizontal nos sitúa en el horizonte histórico
absoluto abierto por Jesús, en el futuro de Dios, que nos lleva a mirar más
allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro
mundo.
El
Señor nos ha confiado este mundo para que lo evangelicemos en espera de su
venida gloriosa. En realidad el Señor no está ausente de este mundo. Como Señor
Resucitado, sentado a la derecha del Padre, tiene señorío sobre todo lo creado.
Él, a través de su Espíritu lo penetra todo. Él sigue actuando en
sus enviados, a los que no ha dejado solos. Él es el centro y la meta de la
historia humana. En ella Dios, a través de nuestras pobres historias, va
escribiendo su historia de salvación que hace que el hombre entre en la
intimidad de Dios. La presencia de Jesús, ya al lado del Padre, es para todos
nosotros la garantía de que un día nos reuniremos con Él. Entretanto en la
celebración eucarística avivamos nuestra esperanza y tomamos fuerzas para
llevar adelante la misión que Él nos dejó al partir.
Cordialmente,
Antonio
Díaz Tortajada
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