UNA PROFUNDA Y PERSONAL REFLEXIÓN
Nuestra vida es una sucesión de etapas, de experiencias, de transformaciones, de altibajos y avatares de todo tipo, cosas todas ellas, que nos inducen a equivocarnos y cometer errores muchísimas veces, pero que también nos brindan la maravillosa oportunidad de adoptar dos tipos de actitudes muy importantes ante la vida, ya que el hecho de que nuestro camino sea accidentado nos sirve, en primer lugar, para poder sentirnos realmente vivos y comprobar cómo cada paso representa un nuevo reto a afrontar, y en segundo lugar, para emprender una profunda renovación espiritual de nosotros mismos, una de tantas conversiones dicho en términos teológicos, de las que nos vemos necesitados a lo largo de nuestra existencia.
Nuestra vida es una sucesión de etapas, de experiencias, de transformaciones, de altibajos y avatares de todo tipo, cosas todas ellas, que nos inducen a equivocarnos y cometer errores muchísimas veces, pero que también nos brindan la maravillosa oportunidad de adoptar dos tipos de actitudes muy importantes ante la vida, ya que el hecho de que nuestro camino sea accidentado nos sirve, en primer lugar, para poder sentirnos realmente vivos y comprobar cómo cada paso representa un nuevo reto a afrontar, y en segundo lugar, para emprender una profunda renovación espiritual de nosotros mismos, una de tantas conversiones dicho en términos teológicos, de las que nos vemos necesitados a lo largo de nuestra existencia.
Aunque resulte paradójico, pese a mi juventud y poco recorrido en la vida, me he equivocado, he sido irresponsable y errado en multitud de ocasiones, pues a simple vista, veintiún años no parece tiempo suficiente para tropezar estadísticamente tantas veces con las piedras de este trayecto vital (en alto porcentaje, tropezando con las mismas para más inri), pero tal vez, sea por la propia juventud e inexperiencia, a modo de circulo cuasi interminable, el motivo de tan repetidos desaciertos. Afortunadamente, ni nuestra edad es invariable ni nuestros errores perdurables.
Ciertamente, nuestros propósitos de enmienda deben estar motivados por nuestra propia exigencia más que por petición más o menos justa y mesurada del resto de los mortales, así como las nuevas etapas que comencemos, deben ser en último término, fruto de nuestra profunda y personal reflexión y deliberación.
Son diversos los ámbitos en los que hay que tomar decisiones, por la compleja multiplicidad de aspectos que nos ofrece este mundo… y mi decisión personal para este nuevo ejercicio, es en relación -claro está- a nuestra SEMANA SANTA MARINERA, ya que, en este caso, he resuelto dar por terminada una etapa y una relación de 8 años en la que hasta ahora había sido mi hermandad, la Corporación de Pretorianos y Penintentes del Canyamelar, con la esperanza de emprender otra nueva, en distinto lugar. Parte de esta decisión, se ha visto motivada por la opinión general dentro del colectivo tendente a sancionar lo que se ha considerado como una gestión más que mejorable (por utilizar un eufemismo) al frente del cargo de Hermano Mayor que hasta la fecha he representado. También, por el hecho de querer asumir responsabilidades y encontrarme con un muy escaso espíritu de comprensión, piedad cristiana y reconciliación, condiciones necesarias para poder seguir adelante en un proyecto al que aún podría verle algo de sentido por mucho que haya podido equivocarme. También porque sé que, en mayor o menor medida, ha podido beneficiar a la hermandad el que haya decidido irme.
Y por último y más importante, porque estaba en juego mi felicidad y el poder estar cerca de la gente a la que quiero.
Sé que he sido criticado por tal disposición y lo seguiré siendo, como también se y digo, que pese a las pocas muestras de delicadeza, educación, sensibilidad y benevolencia por parte de algunas personas, todas estas palabras están carentes de rencor o espíritu alguno de sembrar discordia, pues creo haber guardado la serenidad en todo momento, aunque aún pueda haber incluso, quién vea este escrito como una provocación. Nada más lejos de la realidad. Es más una reflexión en forma de público y hondo agradecimiento, pues personas como Luis Pizá, su hijo, Luis Pizá abad, Ángel Valls o Toni Peris, me han mostrado su apoyo y afecto desinteresado hasta el último momento. Ni que decir tiene, que de no ser por Luisito, al que todos conocemos, y al que quiero muchísimo, yo no sería lo que soy ahora, pues gran parte de la gente a la que he conocido y gran parte de mi caminar por la Semana Santa Marinera, se lo debo a él y justamente debo reconocer mi culpa por los momentos en los que he podido fallarle.
Es por ello que, pese a las circunstancias, debo manifestar un sentimiento de enorme gratitud, ya que en estos dos años extraordinariamente fructíferos como Hermano Mayor, he tenido la inmensa suerte y el inmerecido privilegio, de conocer a personas maravillosas a las que tengo especial cariño, como a mi querido amigo Paco Celdrán, principal impulsor de este blog y a tantos otros amigos semana santeros a los que eludiré nombrar para no excluir inconscientemente a ninguno de ellos. Mil Gracias de todo corazón a mi querido Luisito Pizá, que es quién me ha hecho semana santero y a los amigos y amigas que tanto quiero, que me motivan para continuar siéndolo. Un fuerte abrazo a todos.
“Quien obra puede equivocarse, pero quien no hace nada ya está equivocado”
Santa Teresa de Jesús.
Vicente Martínez



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